De pontifices y otros patriarcas

Está muy bien esto de buscar medios para expresarse. Creo que en general hacemos parte de un contexto en la cual no tenemos canales para expresar nuestro enfado (me refiero a Colombia específicamente). Ayer vi los videos de David Beriain, periodista de un periódico gratuito de circulación en España, que se ha internado en el magdalena medio para desentrañar las posturas de unos guerrilleros de las FARC. Mientras escuchaba los testimonios, de estos campesinos disfrazados de soldados y armados hasta los dientes, pensaba que es posible que estas personas nunca hayan tenido la posibilidad de expresar su enfado por otras vías que no sean las que conducen a disparar un fusil.



A veces me imagino que provengo de un país lleno pontífices, donde recibimos una fuerte cultura patriarcal en la cual se castiga al que se sale de la doctrina del macho alfa dominante. Caudillos y patriarcas que se disputan el poder para pararse en el pulpito y decirles a los demás como tiene que vivir sus vidas. Esta imagen es también un reflejo de mi mismo cuando veo al comandante Alape de las FARC dando cátedra a sus soldados. Es entonces cuando me doy cuenta que debo revisar mis ímpetus paternalistas.

Recuerdo que cuando llegué por primera vez a España me sorprendió la franqueza con que las personas de aquí dicen las cosas. Al principio pensaba que era una falta de respeto la forma en que hablaban. Después entendí que la franqueza tiene muchas formas, pero hay unas mas efectivas que otras para liberar lo que puede llegar a ser un empute perjudicial para el colon. Ahora me gusta la franqueza española, porque encuentro en ella un canal de desahogo muy democrático. Aquí puedes hacer amigos incluso no estando de acuerdo con ellos en muchas cosas. Puedes ser del PP o el PESOE e igual tomarte un café y salir al cine, pues discutir es una actividad de entretenimiento y no un duelo que te puede costar la amistad o la vida.

Me gustaría decirle a muchas personas que quiero y conozco: Pintemos con caca de gato, discutamos y disfrutemos de expresar nuestro enfado y diferencias mientras nos miramos tiernamente a los ojos y cultivamos nuestro sentido democrático de amarnos unos a otros. Entonces vuelvo a decirme a mi mismo, no tengo que decírselo a nadie, simplemente hacerlo.

Noche de viernes

La miré a sus ojos lapones mientras ella hacia un movimiento felino con su mano en mi hombro, como un gato que rasga neuróticamente las cortinas de la sala. Después de un cómodo silencio prolongado, la cerveza pudo más y empezamos a hablar. Un tema repetido sobre la barra del bar Sint German: –Admiro aquellas personas que pueden sentirse apasionadas por algo y lo llevan a cabo–, dijo ella cortando el silicio que nos unía. Dejé de examinar la parodia del Gernica de Picasso que hay sobre una de las paredes del bar donde las victimas del bombardeo parecen estar disfrutando de un bacanal y me puse en disposición de escucharla. –Quisiera hacer algo que me entusiasme, pero no lo encuentro– agregó después de tomar un chupetazo de cerveza. Mientras discurría su lamento, me planteaba si es posible o al menos práctico sostener la voluntad de perseguir algo motivado por algo tan frágil como la pasión.

Quienes como yo provenimos de una tradición judeocristiana nos han inculcado con palmada en el trasero que es noble seguir el ejemplo de aquellos que se han sacrificado apasionadamente por los hombres. No voy a entrar a criticar esta doctrina aun cuando desafortunadamente está ligada a mi personalidad. Pero si puedo al menos reclamar las dudas que guardo respecto a la pasión como una fuerza constructiva. Me parece que la pasión es como un gatillo, sin duda es el impulso que motiva muchas acciones humanas para el beneficio individual y de los demás, sin embargo, como diría Jung: “un hombre que no ha pasado a través del infierno de sus pasiones, no las ha superado nunca”.

La razón me indicaba que era el momento de redirigir la conversación a un tema menos pantanoso. Pero no pude dejar de solidarizarme con ella ante esta sensación de orfandad frente a las pasiones. –A mi también me pasa lo mismo– le dije. Y antes de que pudiera exponer mi duda, sobre si abandonar las pasiones es un signo de madurez o un sentimiento nostálgico, ella empezó a adular mi aparente capacidad para entusiasmarme por temas diversos y delirantes. –Pero ¿y de que sirve sentirse atraído por tantas cosas si al final no puedes concentrarte en nada y además te llegan las cuentas por pagar cada mes?–, repuse. La conversación transcurrió en medio de algo que yo interpretaba como un halago y ella como un consuelo. Los dos tocamos el fondo de nuestras cervezas y nuestras frustraciones. Salimos del bar, volvimos a casa e hicimos el amor para silenciar nuestras pasiones.